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La vida que aún nos queda

  • Foto del escritor: Massiel Escobar
    Massiel Escobar
  • 27 feb 2025
  • 2 min de lectura

Hoy estuve en el hospital con la abuela de mi esposo. Está un poco malita después de un intento de operación, y como en muchos hospitales, comparte habitación con otra paciente. Lo que no esperaba era lo que me encontré al llegar; su compañera de cuarto estaba en un punto donde los médicos ya no podían hacer más por ella. Hacía 48 horas que le habían retirado cualquier soporte, y su familia simplemente estaba esperando… esperando a que la muerte llegara de forma natural, si, era una señora muy mayor y aunque duro estaba rodeada de muchos familiares y eso solo me demostraba la hermosa vida que tuvo que tiene tanta gente que la quiere y que la acompaña en los momentos más duros y aunque todo era muy rudo esa parte me dio algo de esperanza.


Pero no sé por qué me pegó tanto. Quizás porque ver a alguien en ese estado hace que la idea de la muerte deje de ser algo abstracto y se convierta en algo inevitablemente real. O tal vez porque últimamente, cada vez que abro redes sociales, me topo con noticias de personas jóvenes que han fallecido, historias de enfermedades repentinas y despedidas inesperadas. Parece que la muerte está en todas partes. O quizás siempre ha estado ahí, pero ahora, con tanta información, simplemente la notamos más.


Lo curioso es que, a medida que crecemos, empezamos a darnos cuenta de esto con más intensidad, y creo que estamos en esa edad en que ya nos estamos dando cuenta de nuestra propia mortalidad porque cuando eres niño, la muerte es un concepto lejano, algo que le pasa a los mayores o a los personajes de las películas. Pero en algún punto de la adultez, te golpea: la vida es frágil. Y sí, es injusta. A veces demasiado injusta.


Es una sensación extraña porque es un choque entre dos emociones opuestas. Por un lado, me dan ganas de aferrarme más a la vida, de disfrutar cada momento porque sé que es efímero. Pero por otro lado, está el dolor de saber que la muerte es inevitable, que a veces llega sin aviso, que no importa cuánto amemos o cuánto luchemos, hay cosas que simplemente no podemos controlar.


Y entonces surge la pregunta: ¿Cómo se vive sabiendo esto? ¿Cómo encontrar un equilibrio entre el miedo y la gratitud?


Supongo que la única respuesta que tengo es esta: aceptándolo. Aceptando que la vida es frágil, que nada está garantizado, y que precisamente por eso vale la pena vivirla con intensidad. Amar sin miedo, reír fuerte, hacer las paces con quienes queremos y dejar de posponer lo que nos hace felices. Porque al final, la muerte no es solo un recordatorio de que todo se acaba, sino también una invitación a vivir de verdad.


No tengo una conclusión perfecta para esto, porque la verdad es que sigo procesándolo. Pero si algo saco de todo esto, es que la mortalidad no solo es dura, también es un maestro silencioso. Nos recuerda que estamos aquí por tiempo limitado y que cada día que respiramos es un regalo. Y quizás, solo quizás, en vez de verla como un enemigo, podríamos verla como un recordatorio de que aún tenemos vida por disfrutar.

 
 
 

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